El duelo

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Imagen tomada de la película “Fight Club”

Creyó que sería suficiente estar atento mientras miraba a través de la ventana. Los corredores repletos de gente circulando a primera hora de la mañana le impidieron a Paul pensar con cabeza fría lo que debía hacer para matar.

Miró a su lado y descubrió que debía eliminarlo lo antes posible, y para ello requeriría de un plan. Pensó y pensó, y no se le ocurrió nada. Mientras tanto, ese del mentón partido se frotaba las manos y amenazaba con atacar primero.  La hora de salida por el café se veía venir y perdería la oportunidad perfecta para matar. Si su ataque era certero su conquista sería segura.

Ella miró a través del ventanal, y de momento, supo de las intenciones de ellos al verlos como se miraban sin parpadear.

El reloj sonaba segundo a segundo, y como si fuese en el lejano oeste, se ubicaron frente a frente, y uno de ellos procedió a atacar. Paul le sonrió y lo miró directamente a la nariz. Comenzó a hablarle de temas estúpidos, de esos que se le ocurren a uno dentro de un ascensor. Y siguió a la segunda parte del plan. Miró fijamente las fosas nasales de su contrincante y haciendo movimientos que indicaban picazón en la punta de su nariz mandó su mano a la boca y giró la cabeza indicando que pasaba algo. Metió sus manos a los bolsillos y se preparó para matar.

Su reacción fue rápida. El del mentón partido se levantó de la silla y mandó su mano al bolsillo de atrás. Sacó de allí lo que pensaba, un pañuelo con el cual tapó su nariz y ocultó su incomodidad. La miró a ella sin que volteara a verlos  y con una palmada sobre su pierna se alejó de allí.

Justo en ese momento salió ella de su oficina para tomar el café, mientras Paul se levantó de su escritorio para abordarla con una sonrisa en sus labios y una rosa que puso entre sus manos, mientras ella se tomaba su pecho y caía muerta, de la emoción.

Álvaro Medina Mejía.

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El hombre que se tragó el reloj sin pulso

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Y como creyó que el tiempo pasaba muy rápido, se tragó el reloj para vivir despacio y con más ganas. Esa fue la razón que expuso, mientras explicaba la clave para vivir.

Fue algo mágico e inverosímil lo que contó. De pequeño siempre sintió el tic tac tic tac del ahora gran árbol frente a la ventana de su casa. Hasta que pudo volver a aquel sitio que ya no cuidaba el perro bravo de su niñez. Este había muerto debido a un susto a media noche, tras el cucú del reloj del comedor.

Tenía espinas y estaba lleno de ramas entrelazadas. Subir para inspeccionar allí se convirtió en una hazaña que pensó se había acabado, cuando vio a la altura de sus ojos, un reloj brillante y sin pulso que se movía y sonaba tan fuerte que movía las ramas junto a él.

Fue inevitable ver aquel reloj que lucía casi nuevo. Era mágico, como el anciano dueño de la casa del árbol quien se dedicaba a la relojería a modo de hobbie, tras haber sido toda su vida, un cirujano de corazón, de esos afamados y exitosos, pero que ya no ejercía su profesión.

Dio aquel paso para verlo de cerca, y con boca abierta, cayó de lo alto para recibir de los arbustos un gran rasguño en su pecho, y un reloj que pasó de largo a través de su garganta y que se alojó en lo más profundo de su corazón. Al menos eso fue lo que le dijo el relojero y cirujano vecino, quien lo auxilio y agregó: No te preocupes, seguirás muy vivo. Sentirás un tic tac tan adentro que será como un motor que sonará, justo cuando prefieras el silencio.

Abrió sus ojos y no vio al anciano. Siguió su camino en silencio, justo al ritmo que le dictó su corazón para toda la vida.

Y desde entonces, ese episodio marcó la clave para vivir.

Oda al hambre y al deseo carnal

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Oda al deseo y al consumismo desde Freud

Sentí más que mariposas en el estómago
Sentí las ganas, las ansias y la necesidad
Al comienzo leve como la brisa
y luego tan fuerte como una tempestad.

Me atrajo su olor,
Me atrajo lo carnal
sus marcadas curvas
y la insinuante pose tras el pequeño ventanal.

Me tomé un tiempo para la vitrina llegar.
Me tomé una Coca-cola fría para esperar,
mientras me atendían y contaban
lo que tenía que pagar.

Que gazuza tan intensa,
que costo tan alto tenía que pagar,
sin embargo, era tan poco el tiempo del almuerzo
que ese muslo de gallina al estómago fue a parar.

 

Poema: Tras las ideas de Freud.

 

DEGUSTACIÓN DE UN RELATO ENVENENADO. ÚLTIMA PARTE

DEGUSTACIÓN DE UN RELATO ENVENENADO. ÚLTIMA PARTE

Continuación. II parte.

Entré a la húmeda y calurosa pieza llena de cuadros con fotos en donde estaba con su tío el fundador de la compañía, había además, diplomas enmarcados que se movían al ritmo del vaivén del ventilador. – Siéntate Martínez que quiero hablar contigo, me dijo mirándome a los ojos. Se quitó el delantal y soltó el primer botón de su blusa que causó la caída de la placa que llevaba su nombre, Amanda Llorente. Ella se inclinó lentamente para recoger la placa y se sentó cerca de mí, sobre el posa brazos de la silla en la parte de adelante.

– Martínez, quiero que me disculpe por tratarlo de la manera como lo he hecho. He aprendido a apreciarlo y … Apretó su vientre, bajó la cabeza y agregó. – Creo que debemos dejar la conversación para más tarde. Y yo, estupefacto, moví mi cabeza y salí de allí atónito por lo que estaba pasando. Por primera vez, reconocía en un ogro a una doncella que se ocultaba tras el cargo de director.

Era viernes, el comienzo de fin de semana y eso hacía que la jornada tuviese un elemento adicional para tranquilizarme, llegué a la empresa y noté que ella no había llegado, todo se veía extraño, como extraño resultó el llamado de la gerente administrativa quien me dijo, – Martínez, este es el documento firmado por la directora Amanda Llorente quién lo nombró como el nuevo jefe de producción. ¡Felicitaciones!. Amanda hubiese querido estar presente para esta ocasión, ayer se lo iba a decir y no lo pudo hacer. De inmediato pregunté ¿y dónde está ella? La directora respondió: – Es una noticia que me tiene consternada, enfermó de repente y en estos momentos se encuentra en cuidados intensivos, parece que se comió algo que contenía veneno para ratón.

Sentí que me dolía el corazón, mi respiración era acelerada, me apoyé en el escritorio del lado y tomé un vaso de agua que calmó mi descontrolada situación. – ¿Le pasa algo Martínez? agregó la gerente. No, no pasa nada, es que me sorprendió esta terrible noticia, contesté yo.

Me dirigí hacia el puesto de trabajo, recogí mis cosas y las puse en el escritorio de la oficina que se me indicó. Tomé asiento y comencé a pensar, soy un asesino, ese buñuelo estaba en el piso, en un rincón que seguramente tenía veneno para ratón. Gutiérrez, Gutiérrez tiene que escucharme, pensé. Me levanté del puesto, caminé apresuradamente por entre la gente que me felicitaba y detenían mi paso, hasta que lo descubrí con su sonrisa contagiosa, yendo hacia un rincón junto a su máquina, ocultando una caja similar a la del veneno de ratón. Lo tomé fuertemente de su overol y le reclamé.- ¿Qué hiciste Gutiérrez? ¿Acaso sabías del veneno de ratón? Gutiérrez sorprendido respondió de manera calmada sacudiendo su overol. – ¿Qué estás diciendo Martínez? No sé de qué hablas. Le conté la situación, y ante ello, movió su cabeza de lado a lado y agregó – ¿Crees que yo tuve que ver con eso? Estás loco, y comenzó a reírse.

Desesperado salí corriendo de allí, ante los ojos de mis subalternos quienes me vieron sorprendidos. Entré a la zona administrativa y vi la puerta abierta de la oficina de Amanda, caminé lentamente para encontrar al mismísimo señor Llorente, junto a dos de los directivos, sentado en el puesto de su sobrina, secándose sus lágrimas con un fino pañuelo de bordado color salmón.

– ¿Quién es usted?
– Soy Martínez.
– ¿Martínez? El nuevo jefe de producción. Amanda lo mencionaba continuamente, apreciaba mucho su trabajo.
¿Sabe algo? Ella era una mujer muy sola. Acaba de morir. Se mató en su apartamento, la envenenó la soledad.
– No puede ser, le contesté.
Di la vuelta y caminé hacia mi locker. Desesperado y a punto de enloquecer, pateé la mesa de hierro y sorprendido pude ver como el viejo buñuelo salió de allí.
.
Se abrió la puerta de uno de los baños y se escuchó una voz, ¿te das cuenta Martínez? Era aquel de la sonrisa contagiosa. El buñuelo del otro día estaba recién hecho, se lo compré a una señora quien miraba con tal tristeza que luego de una corta conversación identifiqué que sufría de soledad.

Alvaro Medina Mejía. @Amedinamejia

DEGUSTACIÓN DE UN RELATO ENVENENADO. Primera parte

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Al comienzo me tomaba toda una semana comprender las razones de sus reclamos y sobreponerme a sus insultos. Cada jornada era un suplicio constante que se prolongaba incluso, hasta el sonido de la campana que daba fin a la jornada de trabajo.

Siendo Llorente el personaje más influyente de la empresa, el único familiar vivo del anciano solterón fundador de la compañía, LLORENTE Y FAMILIA S.A. era la persona menos admirada y apreciada por los operarios de la planta, y por mí especialmente,  el coordinador de operarios.  Sin embargo, reconozco que era lástima el sentimiento hacia este personaje. Su presencia la comparaba con un buñuelo viejo que encontré oculto tras una bolsa plástica en mi locker, el cual había comprado días atrás a una señora quien miraba con tal tristeza que luego de una corta conversación identifiqué que sufría de soledad.

 Recuerdo aquella tarde de jueves en los primeros días de marzo, cuando agotado por la jornada de trabajo y los continuos regaños de Llorente, paré junto a los casilleros para mojarme la cabeza y mirarme al espejo, allí aparecieron los reflejos de los rostros indignados de dos compañeros que se acercaron para decirme, no estamos de acuerdo con el trato que recibes. Me retiré de allí y puse mis manos fuertemente sobre mi locker que se abrió para sacar disparado como a un cohete el buñuelo que rodó hasta parar debajo de la mesa de hierro que me impidió sacarlo de ahí para votarlo a la basura. Sentí en ese momento la risa contagiosa de Gutiérrez, irrumpió en la escena mirando hacia la mesa, mientras salía del inodoro apretando su correa. Me puse de pie y me eché a reír también.  Salí de nuevo a trabajar.

La mañana del día siguiente transcurrió en silencio a causa de la reunión de junta directiva; sin embargo, esa tranquilidad contrastaba con la tensión que vivía a cada momento, pues el día anterior había conversado con la sicóloga de la empresa para comentarle sobre mi situación.  No estaba dispuesto a soportar más a mi jefe.

Escuché luego el sonar de los platos y el vaciar de los baños que indicaban el fin de la hora del desayuno, y también, el fin de la reunión de junta que continuó con un, “Martínezzzz. Venga a mi oficina”. Tomé aire, agaché la cabeza y me dirigí hacia donde estaba ella.

– Tráigame un café cargado y consígame un buñuelo para desayunar. Necesito pasar un trago amargo. Y no se demore, agregó Llorente.

Esta situación era incontrolable, no soportaba más. Salí de allí frunciendo el ceño y expandiendo mis fosas nasales, y cuando llegué a mi locker para dejar mis guantes, escuché una vocecita que mencionó mi nombre y se acercó para abrir mi mano izquierda y entregarme el buñuelo que estaba bajo la mesa de hierro. Era Gutiérrez, quien de nuevo con su sonrisa contagiosa agregó:

– Escuché lo que pasó. Aquí tiene el buñuelo, lo limpié yo mismo.

No lo pensé dos veces y lo puse junto al café.  Volví a la oficina rápidamente conteniendo mi risa, coloqué el plato sobre su escritorio y cuando di la vuelta escuché con suave voz, -vuelve en diez minutos Martínez que quiero hablar contigo.

Mi jefe nunca me había tuteado, eso me dejó intrigado. Mientras caminaba hacia mi puesto me llamó Gutiérrez para preguntarme por lo sucedido, y yo le respondí: No lo sé, la vi comiéndose el buñuelo, hasta lo saboreaba, y luego, cuando me iba a ir me dijo en un tono suave, muy  femenino, vuelve en diez minutos.

Gutiérrez no se aguantó la risa y empezó a molestarme. Me decía: Lo que pasa es que se enamoró de usted. Y continuaba riéndose.

Pasaron los minutos, mi mente estaba en otro lado y yo sudaba. Sonó el reloj y caminé hacia la oficina de Llorente sin mirar a Gutiérrez quién parecía disfrutaba mi situación.

Continúa. Próxima entrega 27 de octubre. Última parte.

Imaginarios de color

Imaginarios de color

Pintores impresionistas y artistas del color, con tratados sobre la luz y los pigmentos, con escenas impecables y 24 siguientes palabras para respaldar el valor de la expresión: Porque luego del primer tenue rayo de sol, encontrarás un fuerte resplandor, y junto a esa fuente de luz estará siempre la fuerza del color.

Los principios y la esencia del artista, son y serán, el origen y el final de la creación, la percepción y la sensibilidad que te lleva a través de imaginarios creativos con espacios oníricos de incontables escenas de color, plasmados en obras llenas de imágenes en mundos paralelos, libres de ataduras y formalismos impuestos por las barreras invisibles del esclavo del trabajo y los muros del confort.

El color será entonces la excusa perfecta para salir de la rutina, para mirar al cielo y percibir la intensa luz que cierra tus ojos y así dar paso a las ondas de larga o corta vibración.

Tonos reflejados en ondas de luz, y espectros luminosos, producirán explosiones de color, vibrando como notas musicales a través de un gesto, una mirada o una pintura convertida en canción. Seremos una carta de color con infinitos códigos cifrados, solo interpretados por un ojo con pupila de color.

Ponte frente al espejo, mira tus ojos fijamente y dime: ¿De qué color es tu pupila? ¿Qué color tiene tu imaginación?

Detalle de obra “Somnium (El sueño)” Óleo sobre lienzo. 2008.

La razón inodora. Última parte.

Cuento: Última parte.
Escrito por: Alvaro Medina M.

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Continuación.

De camino a mi casa, y mientras mi abuela me llevaba de la mano, el murmullo del sinsabor que le había dejado mi supuesta mamá, desvió la atención de algo que solo pude ver yo.  Era un indigente en deposición, un andrajoso que miraba para todos los lados; mientras sostenía su cuerpo contra la columna que lo ocultaba, un hombre vestido de verde con una macana que descargaba toda su fuerza de algo que le llaman ley, se llevó a empujones a este pobre hombre que alegaba no tener acceso a ese digno trono inmaculado.  ¡La sociedad es una mierda! gritaba el indigente, lo que pasa es que algunos tienen como evacuarla rápidamente sin dejar rastro de ella, es una cuestión inodora, un problema que cubre lo sucio de cada uno de los que están en los tronos, por su imagen inmaculada, agregaba aquel pobre hombre mirando de abajo a arriba el lugar en donde había depositado sus desechos.  La escena era impactante, la imagen nunca podré sacarla de mi mente, mucho más, cuando la pinta roja de su cabeza me traía de nuevo a esa extraña situación con mi abuela, junto a ella había una mancha roja, un delgado hilo brillante que rodaba por su cabeza, tocaba el tanque del inodoro y llegaba hasta mi pelota.  Las miradas continuaban, sus ojos ya no se cerraban, era la campeona del no parpadeo, su mirada era fija y serena, su extraño gesto permanecía con una marcada sonrisa que se desbordaba en su cara.  Esta bien abue, ¡tu ganas! le dije. Me tengo que ir, vuelvo en un rato. Mi tía está a la puerta y me llama insistentemente, parece que se le quedaron las llaves.

El encuentro era inevitable, creo que la discusión se veía venir, mi tía Juana ocuparía el baño como de costumbre, pero mi abuela estaba allí, se había tomado el baño, el trono, el inmaculado.  Mi tía gritaba y lloraba sin compasión, su voz entrecortada me decía, vete para tu cuarto. Me senté en la cama de Bryan y me limité a escuchar. Veía sombras que iban y venían, el teléfono repicaba continuamente y escuché por primera vez la palabra cuyo significado no era común para mi, “muerte”.   El médico y los miembros de algo que llamaban funeraria, le decían a mi tía: ¡Cálmese!, al parecer su señora madre sufrió un ataque al corazón, resbaló mientras entraba al baño y cayó sobre el inodoro que le rompió la cabeza.

¡Un asesino!  Esta vez, el inodoro había tomado una actitud reprochable, pasarían varios años para tomar la decisión de volver a un inodoro. Durante tres largo años me senté en la vasenilla de mi abuela.

La señora extraña que mi abuela llamaba hija, llegó a vivir con nosotros, pero nunca pudo ocupar el sitio que ella dejó.  Mi primo Bryan y yo nunca nos acostumbramos a ella, sus esporádicos besos en mi cabeza y sus repentinas frases cariñosas en donde empleaba la palabra hijo, se irían pronto de mi mente; en realidad, nunca estuvieron allí.  ¡Lucy! como la llamábamos nosotros, salió una mañana acompañada de aquel hombre de larga barba, quién le regalaba unos curiosos rollitos blancos que ella fumaba. Nunca volvió.  Creo que el inodoro no le perdonó. En las noches era normal escuchar su llanto a puerta cerrada, sus diálogos siempre se tiñeron de dolor.

Creo que es mi momento, la casa de Bryan y mi tía no era la misma, esporádicamente mi primo llegaba de visita con su esposa y su hija Laura, mi tía Juana había muerto hace algún tiempo.  Mi principal error fue nunca sostener una conversación con el señor inodoro, nunca me habló, creo que no me perdonó el hecho de llegar tarde en las noches, tras una larga jornada de trabajo en la fábrica de porcelanas para baños.  Parece que fue ayer, cuarenta años atrás mi abuela estaba en esta misma posición, el cigarrillo, el licor y mi indiferencia hacia el trono inmaculado, me habían empujado contra el mismo. Recuerdo las palabras de mi médico: “Su corazón ya no es el mismo y usted lo sabe desde niño, ¡hágame caso!”

El inodoro estaba frío como mis manos, me di cuenta que nunca lo había abrazado, ni siquiera cuando en mis noches de desenfreno vomitaba sobre él.  Creo que empiezo a reír, la situación me era familiar, entiendo que nunca le expresé mis afectos, siempre me fue ajeno y apenas vengo a saberlo.  Ahora estás de mi lado, te has teñido con mi sangre, eres parte de mí.

¡Hola abuela! ¿Podemos jugar? Veo que traes la pelota, no te vayas por favor.

 Alvaro Medina Mejía.