El duelo

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Imagen tomada de la película “Fight Club”

Creyó que sería suficiente estar atento mientras miraba a través de la ventana. Los corredores repletos de gente circulando a primera hora de la mañana le impidieron a Paul pensar con cabeza fría lo que debía hacer para matar.

Miró a su lado y descubrió que debía eliminarlo lo antes posible, y para ello requeriría de un plan. Pensó y pensó, y no se le ocurrió nada. Mientras tanto, ese del mentón partido se frotaba las manos y amenazaba con atacar primero.  La hora de salida por el café se veía venir y perdería la oportunidad perfecta para matar. Si su ataque era certero su conquista sería segura.

Ella miró a través del ventanal, y de momento, supo de las intenciones de ellos al verlos como se miraban sin parpadear.

El reloj sonaba segundo a segundo, y como si fuese en el lejano oeste, se ubicaron frente a frente, y uno de ellos procedió a atacar. Paul le sonrió y lo miró directamente a la nariz. Comenzó a hablarle de temas estúpidos, de esos que se le ocurren a uno dentro de un ascensor. Y siguió a la segunda parte del plan. Miró fijamente las fosas nasales de su contrincante y haciendo movimientos que indicaban picazón en la punta de su nariz mandó su mano a la boca y giró la cabeza indicando que pasaba algo. Metió sus manos a los bolsillos y se preparó para matar.

Su reacción fue rápida. El del mentón partido se levantó de la silla y mandó su mano al bolsillo de atrás. Sacó de allí lo que pensaba, un pañuelo con el cual tapó su nariz y ocultó su incomodidad. La miró a ella sin que volteara a verlos  y con una palmada sobre su pierna se alejó de allí.

Justo en ese momento salió ella de su oficina para tomar el café, mientras Paul se levantó de su escritorio para abordarla con una sonrisa en sus labios y una rosa que puso entre sus manos, mientras ella se tomaba su pecho y caía muerta, de la emoción.

Álvaro Medina Mejía.

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La razón inodora. Última parte.

Cuento: Última parte.
Escrito por: Alvaro Medina M.

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Continuación.

De camino a mi casa, y mientras mi abuela me llevaba de la mano, el murmullo del sinsabor que le había dejado mi supuesta mamá, desvió la atención de algo que solo pude ver yo.  Era un indigente en deposición, un andrajoso que miraba para todos los lados; mientras sostenía su cuerpo contra la columna que lo ocultaba, un hombre vestido de verde con una macana que descargaba toda su fuerza de algo que le llaman ley, se llevó a empujones a este pobre hombre que alegaba no tener acceso a ese digno trono inmaculado.  ¡La sociedad es una mierda! gritaba el indigente, lo que pasa es que algunos tienen como evacuarla rápidamente sin dejar rastro de ella, es una cuestión inodora, un problema que cubre lo sucio de cada uno de los que están en los tronos, por su imagen inmaculada, agregaba aquel pobre hombre mirando de abajo a arriba el lugar en donde había depositado sus desechos.  La escena era impactante, la imagen nunca podré sacarla de mi mente, mucho más, cuando la pinta roja de su cabeza me traía de nuevo a esa extraña situación con mi abuela, junto a ella había una mancha roja, un delgado hilo brillante que rodaba por su cabeza, tocaba el tanque del inodoro y llegaba hasta mi pelota.  Las miradas continuaban, sus ojos ya no se cerraban, era la campeona del no parpadeo, su mirada era fija y serena, su extraño gesto permanecía con una marcada sonrisa que se desbordaba en su cara.  Esta bien abue, ¡tu ganas! le dije. Me tengo que ir, vuelvo en un rato. Mi tía está a la puerta y me llama insistentemente, parece que se le quedaron las llaves.

El encuentro era inevitable, creo que la discusión se veía venir, mi tía Juana ocuparía el baño como de costumbre, pero mi abuela estaba allí, se había tomado el baño, el trono, el inmaculado.  Mi tía gritaba y lloraba sin compasión, su voz entrecortada me decía, vete para tu cuarto. Me senté en la cama de Bryan y me limité a escuchar. Veía sombras que iban y venían, el teléfono repicaba continuamente y escuché por primera vez la palabra cuyo significado no era común para mi, “muerte”.   El médico y los miembros de algo que llamaban funeraria, le decían a mi tía: ¡Cálmese!, al parecer su señora madre sufrió un ataque al corazón, resbaló mientras entraba al baño y cayó sobre el inodoro que le rompió la cabeza.

¡Un asesino!  Esta vez, el inodoro había tomado una actitud reprochable, pasarían varios años para tomar la decisión de volver a un inodoro. Durante tres largo años me senté en la vasenilla de mi abuela.

La señora extraña que mi abuela llamaba hija, llegó a vivir con nosotros, pero nunca pudo ocupar el sitio que ella dejó.  Mi primo Bryan y yo nunca nos acostumbramos a ella, sus esporádicos besos en mi cabeza y sus repentinas frases cariñosas en donde empleaba la palabra hijo, se irían pronto de mi mente; en realidad, nunca estuvieron allí.  ¡Lucy! como la llamábamos nosotros, salió una mañana acompañada de aquel hombre de larga barba, quién le regalaba unos curiosos rollitos blancos que ella fumaba. Nunca volvió.  Creo que el inodoro no le perdonó. En las noches era normal escuchar su llanto a puerta cerrada, sus diálogos siempre se tiñeron de dolor.

Creo que es mi momento, la casa de Bryan y mi tía no era la misma, esporádicamente mi primo llegaba de visita con su esposa y su hija Laura, mi tía Juana había muerto hace algún tiempo.  Mi principal error fue nunca sostener una conversación con el señor inodoro, nunca me habló, creo que no me perdonó el hecho de llegar tarde en las noches, tras una larga jornada de trabajo en la fábrica de porcelanas para baños.  Parece que fue ayer, cuarenta años atrás mi abuela estaba en esta misma posición, el cigarrillo, el licor y mi indiferencia hacia el trono inmaculado, me habían empujado contra el mismo. Recuerdo las palabras de mi médico: “Su corazón ya no es el mismo y usted lo sabe desde niño, ¡hágame caso!”

El inodoro estaba frío como mis manos, me di cuenta que nunca lo había abrazado, ni siquiera cuando en mis noches de desenfreno vomitaba sobre él.  Creo que empiezo a reír, la situación me era familiar, entiendo que nunca le expresé mis afectos, siempre me fue ajeno y apenas vengo a saberlo.  Ahora estás de mi lado, te has teñido con mi sangre, eres parte de mí.

¡Hola abuela! ¿Podemos jugar? Veo que traes la pelota, no te vayas por favor.

 Alvaro Medina Mejía.