La razón inodora. Segunda parte.

Cuento. Segunda parte.
Escrito por: Alvaro Medina M.

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Recuerdo a mi tía Juana cuando llegaba del trabajo, lo primero que hacía era entrar al baño. Afirmaba que su vejiga no era lo suficientemente espaciosa como para retener el último café en pocillo grande que tomaba en el trabajo. Ella decía cosas muy extrañas, acusaba al inodoro de ser el cómplice de su intestino grueso, afirmaba que sus problemas de estreñimiento habían creado una dependencia sobre este inmaculado asiento.  Ahora bien, creo que la palabra cómplice era el término preciso para nombrar a este, pues no imaginaba a otro capaz de expeler tales olores que compartía con mi tía.  Tan blanco, tan inmaculado, tan inodoro, tanto no era siempre.

Tengo presente en mi mente la imagen de mi abuela, tan política y polémica como ninguna, la mujer que me llevaba entre la gente apretaba fuertemente mi blanca mano que se tornaba roja en pocos segundos, y me decía: Hoy tenemos que ir a un evento social, mis compañeros y yo vamos a darle el apoyo a nuestro candidato, que estará debatiendo nuestras ideas en la sala de representantes.  Una vez allá, me dieron ganas de orinar, ¡ahora que voy a hacer!, mi abuela decidió llevarme por entre los elegantes corredores que reflejaban mi silueta en una extraña perspectiva.  Una puerta alta, elegante y brillante, mi abuela empujó, me dijo: Mijo entre, usted ya sabe que debe de hacer.  Me tomó por sorpresa, ahora que haré, tenía que soltar mi chorro en un lugar tan limpio e inmaculado como los mismos personajes honorables que allí se encontraban.  Pese a la fuerte presión contenida por mis inmaduros esfínteres, mi lento y temeroso andar de rodillas pegadas me condujo a uno de los inodoros; realmente no se como lo hice, me provocaba gritar, decir aleluya, mi interior soltaba un chorro capaz de saltar en arco para caer dentro de la taza. ¡Justo en el blanco! lo había logrado, era un momento memorable, esos 5 minutos de gloria empezarían a preocuparme, porque el chorro era ya un chorrito que amenazaba con mojarme.   No recuerdo que pasó, en ese instante el sonido mudo de la fuerza y la desesperación de alguien o algo me harían salir de allí despavorido.  ¡Un momento! reconozco ese sonido, es mi tía Juana y está tras esa puerta, entendí que había pasado la prueba y que tenía que contárselo a ella; además, pasó en el mejor lugar, en la casa de aquellos que veían por nosotros, junto a esos seres animados que vivían y hacían parte de este sitio.  Era el momento, me agaché para mirar por debajo de la puerta, y descubrí la imagen más desagradable de mi vida, un tipo con los calzoncillos abajo, sentado en el inmaculado y haciendo caras mientras apretaba sus dedos contra las paredes.  Creo que el inodoro lo estaba castigando, pobre hombre, era una dura discusión.  Mi abuela tenía razón, “solo pasa cuando se cierra la puerta”; todo empezaba a tener lógica, mis recuerdos daban explicación al momento, la presencia de mi abuela sentada frente a mi, hacía un flash back para regresar a las manos de ella, quién me llevó por las escalas directo a la gran masa, que segundos después gritaba de emoción, tras la salida al escenario de aquel hombre que a escondidas le había visto.  “Definitivamente los inodoros engrandecen a la gente, por enormes que sean sus cagadas”.

¡Que ironía!  El inodoro me enseñó que el tiempo no existe. Solía pasar horas sobre él, contando baldosas, pensando sin importar el tiempo, aunque fue precisamente él quien imponga el fin para esta historia.  Ese espacio dictado por Cronos, traía mi mente un episodio que tenía su origen en lo que había sucedido con mi abuela, comienzo a reír y a recordar nuevamente.  Ese día me veía inmaculado, vestido de blanco de pies a cabeza como el inodoro de mi casa, esperaba con mi abuela a la señora hija de ella, quien se supone era mi mamá y que nunca ví llegar.

– Abue, tengo ganas de hacer pipí.

-Está bien, respondió ella. Te espero aquí afuera.

Este baño era distinto, los inodoros eran de colores diferentes, se veían llamativos, alegres, estimulaban mi vejiga, tenía muchas ganas de orinarlos.  Me acerqué a uno de ellos e hice lo que tenía que hacer; esta vez, empleaba movimientos circulares que llevaban el ritmo de la suave música del lugar.  Parado junto al trono inmaculado, mi posición no tenía la intención de variar, ¿y ahora? como lo voy a vaciar, no quiero que piense que soy un sucio, ¿será que es el momento? ¿Me dirá algo si no lo desaguo?  De seguro es lo que está esperando, ¿y dónde está la manija o el botón? ¿Ahora que voy a hacer? Esperaré.  Pasaron varios minutos y mi abuela me gritaba desde afuera: ¿ya?, yo le contesté: “Estoy a punto de dialogar con el inodoro, el quiere que lo deje como estaba, menos mal que solo lo oriné”.  Sentí una risa tras de mí, era alguien que se estaba burlando de lo que decía.  ¡La puerta abierta!, era esa la razón, por eso no chistaba palabra.  Me asusté mucho y salí corriendo, creo que el inodoro perdonó mi error, pues tan pronto me moví, escuché como se vaciaba solo, tendré cuidado mas adelante.  ¡Uf! Vaya susto….

Próxima entrega, Septiembre 1.  La razón inodora, última parte.

Por Escrito quedó en el tablero. ¿Y tú, cuánto cuestas?

Les recomiendo este video del año 2011.

¿Y tú, cuánto cuestas? es un documental que analiza la situación latina con respecto a las condiciones económicas y sociales de los norteamericanos y europeos.

En la clase número 4 de la asignatura Ventas, atención y servicio al cliente, hablé con los estudiantes sobre el consumismo, la antropología del consumo, los postulados del capitalismo de Levi Strauss, y el vínculo ético con el ejercicio de las ventas y el efecto social antropológico.

El video tiene una posición fuerte, respetable y discutible en ciertos momentos, y aunque resulte controversial, las razones expuestas son veraces, valiosas y nos muestran la dura realidad.

Más allá del sentido pedagógico y la transmisión de las ideas, está el fortalecimiento del saber ser y su criticidad.

En la asignatura de ventas, hay tiempo para hablar de la ética y la responsabilidad social. Échenle un vistazo al video.

Las palabras tienen poder.

Les invito a ver este video, publicado a comienzos de este año por el usuario MoonlightTheWolf10, allí se demuestra que el poder de la palabra conlleva a la razón del corazón.

Ajenos a ciertas situaciones aparentemente invisibles, surge una de las grandes razones, poderosas y determinantes en la vida, que nacen de la crisis, pese al dolor y al vacío en el estómago de la realidad. Las palabras, el poder de la elocuencia y la razón de las letras llegan para decirte: “Las palabras tienen poder”

¿Sabes cómo llegar al momento Eureka?

¿Sabes cómo llegar al momento Eureka?

¿Cretividad? ¿Sábes cuál es el camino para llegar a ella? Les recomiendo este video del programa Redes de la RTVE.

¿Y cómo llegar a la idea creativa? Primero encuentra tu vocación, segundo, concéntrate en tus objetivos, y tercero, libéra tu  mente, en un 80%, del compromiso empresarial que se vale de las mediciones.

La razón inodora. 1a. parte

Cuento. Primera parte.
Escrito por: Alvaro Medina M.

¿Qué se esconde tras un inodoro? ¿Qué historias se encierran junto a él? Pues bien, esa es la razón inodora, un cuento sobre un trono inmaculado y baldosines de colores.

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Ahora estabas frente a mí. Lo divertido de la fatalidad te traía de nuevo a mi mente para jugar conmigo.

– Tírame la pelota, no me mires así, le decía.   La mirada fija en ella buscaba las palabras que ninguno pronunció. Mi escasa edad y mi corto vocabulario no entendían el inexpresivo silencio que ella tenía.   ¿Te estas riendo o estás brava conmigo? Solo quiero jugar, ¡háblame! No te vayas a enojar conmigo, la puerta estaba abierta y tu sonrisa decía juega conmigo.  No me voy a ir, me quedaré un ratito más. Cuando esté desprevenido lanzarás por el suelo la pelota roja y jugaremos.

Pasarían cinco de las canciones que colocó la abuela antes de entrar al baño; realmente, solo sabía contar hasta cinco, pudieron haber sido más, pero no conocía de cifras ni cifrar.  Ahora el juego era vernos fijamente a los ojos y sostener la mirada por largo tiempo; pero ella siempre ganaba, no podía contener mi risa cuando en un gesto divertido y extraño, me mostraba la caja de dientes con una atenuada sonrisa.

Ahhhh,  ¡Ya sé! Quieres que te deje a solas, recuerdo lo de tus llamados “diálogos de inodoro”.  Lo entendí en ese momento. Cuando era niño mi abuela me llevaba tras la nevera para sentarme en una pequeña vasenilla azul de los Picapiedra. Me sentía incómodo, no soportaba las burlas de mi primo quién miraba de reojo y soltaba una carcajada que hacía eco en la pena, señalaba mi trasero y posaba su mano tapando su nariz.  No veía la hora de tener la cantidad de años y la altura suficiente para poder alcanzar el inodoro;  veía a este, como el trono al que solo los grandes tenían acceso, hasta mi primo Bryan, quien no alcanzaba el suelo cuando se sentaba a la mesa, podía hacer uso de él.

Recuerdo que una vez, vi a mi abuela entrar al baño apresuradamente, tras haber conversado con una señora a la que llamaba hija, y con la que discutía mencionando continuamente mi nombre.

Ella sostenía que el inodoro era un ser animado el cual cobraba vida al cerrar la puerta. Y eso, era precisamente, lo que se me hacía extraño, la puerta estaba entreabierta y ella lo abrazaba incómodamente con su brazo izquierdo posando su mano sobre el extremo del mismo.  Creo que esta vez la conversación se había tornado difícil, esa llamada le había causado problemas con el señor inodoro.  Supongo que tras la discusión, éste le había abierto la puerta para que saliera de ahí, la había expulsado y ella se negaba a salir; sin embargo, a causa de haber sido descubiertos, se habían quedado callados…

Y hablando de creatividad…

Tómate un buen café con la creatividad de M.C. Escher. Pintor holandés de figuras imposibles. Módulo de pensamiento creativo.

“… y mira a su derecha, ve un gran árbol de manzanas cuadradas, toma una y la muerde. Abre la puerta con su llave cuadrada, mira sus manos, se ve frente a un espejo y se desploma. Se había contagiado, era un hombre cuadrado” Alvaro Medina Mejía